viernes, 25 de marzo de 2011

EL GATO CON BOTAS



A la muerte del padre, sus tres hijos heredaron algunas de sus propiedades, pero solo Arturo, el tercero de los hijos, no tuvo suerte en el reparto, pues le tocó una vieja cabaña y un simpático gato. Solo y triste, porque sus hermanos se apresuraron en alejarse de esas tierras, el pobre Arturo era alentado por el minino: “Haré de ti un príncipe” le prometía. “¿Y cómo lo harás?”, preguntaba Arturo riendo, a lo que el animalito contestaba: “Dame tus botas y deja el resto de mi parte”.
Sin pérdida de tiempo, el Gato calzó las botas y se dirigió al bosque donde capturó las especies más sabrosas al paladar humano. Luego se dirigió al castillo del rey Felipe II y solicitó audiencia: “¿Ya quién anuncio?», preguntó el ujier burlándose. “¡Pues, al honorable Gato con Botas de Carabás!». El rey, ante tan pomposo título, no dudó en recibir al extraño visitante.
El Gato saludó con un discurso florido que agradó al rey y disfrutó la reina, más aún cuando les alcanzó las sabrosas especies: “Es un obsequio de quien soy servidor, el joven Marqués de Carabás”.
El rey estaba tan agradecido con el Gato con Botas que los invitó (a él y a su amo) al paseo que iba a realizar con su hija, la bella princesa.
El Gato corrió donde su amo para contarle la buena nueva, pero Arturo le dijo: “Lo siento, pero no tengo ropa decente para presentarme ante el rey”.
“Tú no te preocupes”, le dijo el minino. Tomaron el camino por donde iba a pasar la comitiva del rey y el minino ordenó a su amo que se lanzara a la gran laguna. Arturo quiso negarse, pero al ver que se acercaba el coche, se lanzó con todo.
El Gato se adelantó al carruaje, dando a conocer que habían sido víctimas de un asalto. “Que venga el Marqués -le dijo el rey- que nosotros lo atenderemos”. Satisfecho, el Gato corrió al lujoso castillo del temible Ogro, dispuesto a ultimar sus grandiosos planes.
Mientras el rey y la princesa atendían al buen Arturo, el Gato con Botas dialogaba con el Ogro que era conocido por sus dotes de magia.
“¿A que no puedes transformarte en un león?” le provocaba el Gato, y el Ogro se convertía en el feroz animal.
Así lo estuvo probando con varias transformaciones, hasta que le dijo: “¿Y puedes ser un ratoncito?”. Y el Ogro sonrió convirtiéndose en el pequeño roedor, instante que aprovechó el Gato para acabarlo.
Quedó así como amo y señor del imponente castillo. Corrió donde estaba Arturo y le dijo a Felipe II: “En nombre del Marqués de Carabás, les invito a pasar a su castillo, donde él pedirá formalmente la mano de su hija”. Los reyes se sintieron halagados y la princesa suspiró enamorada. Se casaron y se fue la pareja más feliz de la tierra. Fin
Moraleja: El Valor Reside En La Decisión De Arriesgar



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